18 de junio de 2006

Ginébra



El camino era largo, estaba todo en silencio , no había gente en ninguna parte,el sol parecía que calentaba mas que nunca, hacia mucho calor, parecia como si el tiempo se hubiese detenido.

Ginebra caminaba por él lentamente, sin prisa, el sudor y la ligera brisa hacían que su vestido se pegara a su cuerpo, dibujandolo, caminaba pausada sin prisa y de vez en cuando dejaba caer un chorro de agua de su botella, por su cuerpo, parecía que el camino jamas se terminaría, se sentía agotada pero seguía caminando.

Vió un arbol al lado del camino, estaba alli plantado solo, como si le hubieran abandonado, pero le ofrecía su cobijo, se aproximo hacia él y vió que pasaba una acequia, se arrodilló y comenzó a mojarse todo el cuerpo, la nuca, el pelo, el cuello, metió sus pies en la helada agua de regadio y se sintió estremecer, le parecía algo muy parecido a ese sentimiento de placer cuando haces algo prohibido.

Notó su aliento cerca de ella, sitió su proximidad, pero no hizo nada por apartarse, tan siquiera se había asustado, solo giró su cabeza lentamente y se encontró con aquellos ojos.......

El no le habló, solo comenzó a dibujar figuras extrañas, en su espalda, con su dedo y ella miraba, no decía nada, cerró sus ojos y dejó que el fuera dibujando, empezó a sentir mucho calor y una extraña sensación, una mezcla de miedo y excitación, pero le gustaba, temblaba de deseo, su vestido estaba mojado y sus pezones parecian querer salirse de él, su corazón latía, comenzó a sentir un deseo mas fuerte aún, quería olerle, nada sabía de aquel extraño visitante, pero sabía que deseaba con todas sus fuerzas, que le arrancara hasta el último gemido de su cuerpo, deseaba tener un orgasmo y otro y otro, nunca había querido ser de alguien, con esa fuerza, como quería serlo ahora de él, entornó sus ojos nuevamente y se dejó acariciar, sentía, como sus manos iban explorando su cuerpo y también sintió la proximidad de su cuerpo, su piel estaba suave y ardiente, sintió su calor y sintió como él la estaba haciendo suya y quería que jamas acabara, que durase toda la vida, sintió un fuerte deseo de acariciarle, de besarle, quería olerle, olerle.......... su aroma le envolvia........

Sintió como su cuerpo formaba parte del suyo, como eran uno, como su cuerpo vibraba junto a ella, comenzaron a moverse lentamente, disfrutando cada movimiento, cada instante, sintío un escalofrio de placer, y luego otro y luego otro y luego otro y luego otro y otro y otro........ su boca sabía a sal y eso a ella le gustaba, al igual que le gustaba sentir su estremecimiento y su temblor, comezó a subirle un fuego inmenso, aquellos ojos le arrancaban gemidos de placer, de felicidad, de deseos dormidos, solo esos gemidos rompían el silencio, sentía que iba a desvanecerse, ese fuego, esa sensación, ese orgasmo, era lo mas fuerte que jamas había sentido, sentía la piel de él, cada poro, sentía ese ligero roce, parecido a una caricia fugaz, como una pluma, como la seda, como el terciopelo......, y ella saboreaba todas y cada una de sus caricias........... y escuchaba sus susurros.......y quería escucharlos toda la vida, que no parase de susurrarle, aquellas maravillosas palabras ininteligibles........

La besaba apasionadamente con ese sabor a sal y a deseo, con esa fuerza que ella no sabría jamas explicar........sus besos eran intensos y calidos, apasionados y tiernos, eran los besos de aquellos ojos........

Cerró los ojos, disfrutando de su presencia, de su aroma.......

Se quedó tumbada sobre la tierra, con los ojos cerrados, agotada, sin fuerzas............

Abrió sus ojos lentamente, era de noche, se había quedado dormida, él no estaba, no había nadie, no estaban esos ojos........

Quizás, la brisa suave, el calor, le hicieron confundir las sensaciones y le hicieron soñar con aquellos ojos...........

Quizás todo había sido un sueño, un maravilloso sueño erótico...........

Comenzó a caminar nuevamente, pensando que eso ella, jamás lo sabría...........

Que había despertado sus sentidos.....

Pero eso él jamas lo sabría.........

Caminaba despacio..........sintiendo el roce de su vestido............

Blondie

7 comentarios:

Martxoso dijo...

Dicen que los cuentos y las historias eróticas son aquellas que se leen con una sola mano. Que el cuento, en este caso, sea un cibercuento erótico, le confiere una ventaja añadida: solo hay que mirar la pantalla; las manos quedan liberadas. Objetivo conseguido.
Deliciosa, sugerente historia. ¿Y sabes que he pensado? Que si la hubiese escrito un hombre, no habría sido muy diferente. ¿Te apeteceria que contase la misma historia, pero vista por el?

malizia dijo...

sabes? quería inventar un cuento erótico, sin caer en lo pornografico, ni en lo vulgar, ni en lo soez y pensé en Ginebra, la hija del Rey Arturo y en Lancelót, en su camino a Camelot.

Claro que me gustaría martxoso, hazlo por favor, estoy segura que te saldrá precioso.

Regalanos ese cuento por favor.....

lahijadelchaman dijo...

si martxoso, escribe tu la misma historia vista por el.
seria estupendo saber siempre las dos versiones de una historia no ???
bueno, estoy un poco triste ahora jo .
Un beso

Camelot dijo...

Había perdido la noción del tiempo tras varios días bajo el fuerte sol de aquel camino solitario. Día a día, fue dejando a pedazos sobre la arena aquella armadura que lanzaba destellos brillantes como correspondía al primer caballero del Rey Arturo. Ahora, sólo contaba con la ligera cota de malla que rozaba su piel, y, por supuesto, con su espada, cuyo peso no era fácil de soportar para su cansado caballo, pero de la que no podía deshacerse sin perder dignidad y seguridad.
Se bajó del caballo, pues sentía todos sus músculos entumecidos, y caminó durante un buen rato dando así descanso al pobre animal. Y entonces, ocurrió de nuevo. Pocas horas antes, había contemplado con emoción un gran lago rodeado de una verde y fresca vegetación. Espoleando con fuerza su montura hacia la ansiada agua con la que calmar su sed y su calor, vio desvanecerse aquel oasis en sus propias narices. Era un espejismo, una maldita imagen creada en su mente tal y como le ocurría en estos momentos. Desengañado ya una vez, en esta ocasión se acercó muy lentamente a aquella acequia que discurría junto a un árbol de acogedora sombra. Quedó paralizado cuando pudo ver, además, a una bellísima mujer refrescándose en el agua. Evidentemente, su mente estaba incluso más perturbada de lo que él mismo se atrevía a admitir, ya que no pudo evitar dejar la razón a un lado y seguir su instinto, que le obligaba a acercarse a aquel regalo divino en medio de la nada, aun sabiendo que se desvanecería inmediatamente.
Ya a su espalda, sabía que al intentar tocar a aquella mujer desaparecería al igual que la acequia y el árbol, pero aun así, alargó su mano. Comprobó, maravillado, que las yemas de sus dedos se posaban en aquella piel mojada y suave, mientras ella giraba su cabeza tan solo un instante para mirarlo fijamente a los ojos. Incrédulo aún, recorrió con sus manos cada gota que la espalda de ella dejaba resbalar perezosamente, y muerto de sed, probó aquel néctar; primero lamiéndose los propios dedos para pasar enseguida a acariciar la piel de ella con la boca, con los labios, con la lengua deseosa de humedad. Notó cómo ella se estremecía de placer con su contacto, sin miedo alguno. Se acercó a su oído y le susurró palabras de deseo, animado por los suaves gemidos de aquella hermosa mujer desconocida. Ella no pronunció ninguna palabra y él no se la pidió, porque a pesar de no utilizar ninguna palabra del celta, él supo que ella se le estaba entregando allí y en aquel momento.
Se desnudó y, pegando su cuerpo completamente a la espalda de ella, recorrió con las manos cada ángulo, cada hueco, cada resquicio y cada pliegue de su piel, besándole la nuca al mismo tiempo.
Siguiendo el ritmo que las caderas de ella le marcaban en cada suspiro, cubrió su cuerpo de besos y caricias: resbalaba, apretaba, pellizcaba, mordía, chupaba, cabalgaba y recorría cada centímetro del cuerpo femenino, que se abría a sus manos y boca como ramos de flores repletas del rocío del alba. Envueltos en la dulce humedad mutua, durmieron piel con piel a la sombra del árbol junto a la acequia.
Cuando abrió los ojos, recorrió al abrigo de los últimos rayos de sol, esta vez sin prisa, el cuerpo de aquella mujer que yacía dormida a su lado. Se vistió y, montando en su caballo, continuó su camino sin saber quién era ella, pero sabiendo perfectamente que aquello no había sido un espejismo ni un sueño, sino una maravillosa realidad que borraría en un instante de su mente, porque ya se sabe que hay cosas para las que un caballero jamás debe tener memoria.

malizia_kiss dijo...

Ginebra"
"Ginebra se alejaba por el sendero pensando en el sueño que había tenido hacía unos instantes.
Aún creia sentir en sus carnes la caricia de unos labios, de unas manos, de una lanza ardiente que se adentraba en sus entrañas, llenandola de un placer infinito y dulce como jamás creyo poder sentir algún dia...
De su garganta salió un suspiro y mirando hacia atras creyó adivinar una sombra escondida tras las hierbas altas al otro lado del camino que la miraba con ojos soñadores...
Volvió a llevarse las manos a la nariz y creyó sentir el aroma inconfundible del amor en ellas. De un amor que no por ser un sueño era menos real. Anheló sentir de nuevo las sensaciones que la habian embargado en su sueño y supo que aquel habia sido solo el comienzo y que al dia siguiente volveria a la acequia a refrescarse, con la esperanza de encontrarse de nuevo con su sueño, aquella sombra que se escondia como si tuviera miedo de asustarla.
Pero es que él no sabía, no sabía que a lo unico que ella tenía miedo, era a no encontrarle."
mar

malizia_kiss dijo...

"Lancelot"
La miró mientras se alejaba, escondido tras las hierbas altas al otro lado del camino. Miró y admiro aquel cuerpo de mujer, apenas escondido por el liviano vestido, ahora arrugado y lleno de hierbitas, que se alejaba caminando a paso ligero en dirección a la ciudad. ¡No se podía creer lo que le habia ocurrido la tarde anterior! No se podía creer que aquella mujer, la más bella que jamas hubiera podido imaginar, hacía tan solo unas pocas horas hubiera estado entre sus brazos, gimiendo de un placer complice y compartido, un placer urgente y desesperado, sin que entre ellos hubiesen intercambiado ni una sola palabra. Pensó que todo había sido fruto del calor, de ese sol aplastante, abrasador, que le habia golpeado despiadado durante su larga caminata del dia anterior. Sin embargo... sí, alli, en sus manos aún permanecia el olor, ese olor embriagador y dulce, mezcla de jazmines, hierba recien segada, tierra ávida regada súbitamente por la tormenta... Y el olor, evocador como siempre, le trajo a su cabeza todo lo ocurrido en las horas inmediatamente anteriores.

La había visto aproximarse desde lejos, aplastada por el sol, con un caminar cansado, aunque decidido. Supuso que ella querría, como poco antes había hecho él, cobijarse a la sombra de aquel único bendito árbol, y refrescarse en la acequia. No quería que se asustara. Así que discretamente se escondió un poco más adelante, al resguardo que ofrecian unas hierbas altas. La vió sentarse, remangarse el fresco vestido de verano un poco mas de lo que las convenciones al uso hubieran juzgado decente, y sumergir los pies en la fresca corriente de agua. Escondido como estaba, pudo disfrutar de una completa vision de la mujer, que se comportaba con absoluta naturalidad convencida de que nadie la observaba. Con su vestido remangado, se inclinaba sobre el agua, remojándose la cara, el pecho, la nuca, los brazos. El veía las gotas de agua resbalar por sus labios, su barbilla, su pecho. El agua poco a poco la iba empapando, dejando su cuerpo casi desnudo, con la liviana tela del vestido completemente pegada a su piel. El la miraba, cada vez más excitado, incrédulo. Aquella mujer bellisima, que descansaba y se refrescaba con absoluta naturalidad, que mostraba casi completamente la perfección de su cuerpo sin pudor alguno, que por momentos se quedaba como ensimismada, mirando sin ver en la dirección hacia la que el se encontraba, no podia ser real. No podia ser real.
Sin dudarlo, se levanto de su escondite sin hacer ruido, y se aproximó por detrás a la muchacha. Durante unos instantes eternos permaneció en pie, junto a ella, sin saber si decirle algo, si tocar ese pelo húmedo y brillante para asegurerse de que no era una mala pasada de su imaginación. Fué ella la que giró de pronto su rostro, y le vió. No dió muestras de haberse asustado. Simplemente le clavó sus ojos, de un profundísimo color negro, y le estudió. Decididamente no era real. Esa mujer era fruto del calor, o de un encantamiento. Alargó su mano despacio, y suavemente comenzó a recorrer su espalda, sintiendo esa piel suavísima, humeda del sudor y el agua. ¡La sentía tan viva, tan... de verdad! Sin apenas darse cuenta sus manos habían continuado su exploración, recorriendo delicadamente su espalda de arriba abajo, los hombros, el delicado cuello, la cintura. Ella, poco a poco, sin dejar de mirarle, se había ido incorporando, girándose hasta ponerse frente a el, hasta sentir sus alientos nerviosos chocar y mezclarse en el escasísimo, infinito espacio que separaba ambas bocas. Avanzó apenas unos milimetros y sintió el tenue roce de un pezón de la muchacha, que empujaba orgulloso la ligerísima y empapada tela que apenas conseguia ocultarlo. El deseo, la tentación, eran demasiado fuertes. Si aquello era una alucinación, decidió sumergirse enteramente en el mundo de lo irreal. Sus manos tomaron vida propia, y comenzaron a recorrer el cuerpo de ella ya casi sin atisbos de pudor. Lo sorprendente era que ella respondía inmediatamente a todas sus caricias, que ella parecía sentir tambien la misma sensación de irrealidad, la necesidad de sumergirse en la entrega infinita, como momentos antes se había sumergido en la acequia. No se conocían. No sabían sus nombres, ni sus pequeñas historias; no sabían cómo sonaban sus voces, ni en qué idioma decian las palabras mágicas y secretas del amor. Sin embargo, sus cuerpos parecieron reconocerse de inmediato; todas y cada una de las moléculas de sus cuerpos se pusieron en marcha para reencontrarse. Y sus cuerpos se abrazaron, se acariciaron, se tocaron; sus salivas, sus sudores, sus alientos y sus olores se mezclaron. Todas las barreras que se interponian entre ellos fueron cayendo, y sin darse cuenta rodaron desnudos por el suelo en una danza febril, pero perfectamente sincronizada. Cuando él se hundió en ella, por una brevísimo instante, todo se detuvo. La miró y supo que estaba en casa, que aquel era su sitio. Ambos comenzaron a moverse sin dejar de mirarse, de besarse, de lamerse, de estrujarse, de explorarse. Y mientras, a su alrededor el mundo se iba desvaneciendo hasta casi desaparecer, y los pajaros y el viento callaban, para que solo se oyesen los jadeos y los gemidos de dos cuerpos convertidos en uno, y los árboles y la hierba desaparecian para que solo hubiese piel, y la acequia detenia su fluir, y se secaba momentáneamente, para que la única humedad presente fuese la que espontaneamente brotaba de los cuerpos de ambos. El sintió cómo ella estallaba, cómo su cuerpo se tensaba casi imperceptiblemente, cómo por un instante sus ojos dejaban de verle mientras se aferraba a el; la sintió convertirse en fuego, derretirse, licuarse, para volver a hacerse corpórea, rotúndamente corpórea, para volver a clavarle las uñas e la espalda, y continuar moviendose, una vez mas, y otra, y otra, y otra... Finalmente él estalló tambien, y sintió como se desacía, y se fundía con ella, y ambos eran un rio cálido y pastoso, y eran aliento y fuego y carne y sangre y flujo y aire, y no eran nada, y el mundo era solo ellos...
Hacía rato que todo había terminado. Permanecieron abrazados, sin despegarse, sin pronunciar palabra, simplemente dejando que sus cuerpos, poco a poco, fueran retrayendose, mientras caian en un delicioso letargo. Finalmente, cuando el sintió que la respiración de ella era regular y profunda, se separó ligeramente y la admiró, obligando a su cerebro a que se quedase con todos
los detalles, los pliegues, los valles, los olores, todo; deseaba que ese cuerpo quedase para siempre grabado a fuego en su memoria. Después se alejó hasta las hierbas altas donde hacía... ¿cuánto? ¿siglos?, había dejado sus escasa pertenencias. La vió incorporarse, vestirse con parsimonia, ella tambien pensativa. La vió -y sonrió al verlo- llevarse sus manos a la nariz, y olerlas con avidez, para despues cerrar los ojos, y sonreir...
Ahora Lancelot veía cómo ella se alejaba. Aún no sabía si aquella mujer, aquella que por unos mágicos instantes había sentido como su hogar definitivo, era real o no lo era. Si sabía una cosa: jamás volveria a verla. Jamás.
O... ¿tal vez si?
Martxoso

malizia_kiss dijo...

Lancelot"
Mi señor Lancelot cabalgaba hacia donde le habían indicado que se encontraba la fortaleza. Estaba cansado y sudoroso pero no iba a desistir de su misión.

El bosque era muy espeso pero ni aun así le protegía del severo sol que lo había estado azotando todo el día. En los claros que dejaban los árboles era casi imposible respirar.

Se acercaba el atardecer y el sol no cejaba en su torturador acoso. Mi señor pensó por un momento que jamás llegaría a su destino.

Estaba mi señor Lancelot a solas con sus pensamientos, cuando el cantarín sonido de un arroyo le atrajo.

Su caballo Tormenta, también se sintió de inmediato atraído por el frescor del agua y como por arte de la magia de Merlín se fue acercando al arroyo sin que mi señor tuviera que sostener las riendas.

Mi señor estaba tan, tan cansado!!!!!

El arroyo en cuestión era un pequeño torrente de agua cristalina y atrayente para cualquier caminante que anduviera por aquellos parajes.

Se acerco al arroyuelo y bajo de su montura.

Mientras caminaba fue despojándose de las pocas ropas que aun le quedaban. A punto de quitarse la última prenda que lo cubría, la descubrió…

Era mi señora Ginebra.

Tan bella como siempre había sido y llena de dignidad aunque estuviera cubierta de sudor y sin apenas ropa que cubriera su hermoso cuerpo. Estaba de espaldas y no podía verle, así es que la contemplo a su antojo.

Mi señora se disponía a refrescarse en el arroyo de la larga caminata que había hecho desde el castillo.

Había llegado allí hacia una hora aproximadamente y después de comer algo de lo que gentilmente Sir Eton Lavenham había puesto en su bolsa y dormir un rato a la sombra de un hermoso árbol, se disponía a refrescarse.

Mi señor cubrió de nuevo su cuerpo con la camisa sudorosa que se había quitado y se fue hacia donde estaba la dama, antes de que ella descubriese totalmente su cuerpo creyéndose sola.

La gentil Ginebra no se percato de su llegada hasta que el rozo con su mano los largos cabellos que cubrían su espalda.

-Mi señora… Lady Ginebra, a vuestros pies.

-¿Quién sois caballero?

-Sir Lancelot para serviros en lo que deseéis, mi señora.

-Sentaros conmigo Sir Lancelot, ya que veo que vos también habéis hecho un largo camino. ¿Deseáis comer algo de fruta y carne que llevo en mi bolsa?

-Refresquémonos primero y luego aceptare lo que me ofrecéis.
tania

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